martes, 2 de octubre de 2012

Cine progre

Mientras estoy intentando arreglar lo de la entrada anterior (qué despacio van las cosas de palacio), os dirijo a un blog temático que hice porque sí, dedicado al cine español más olvidado: el experimental, el intelectual, el progre.

http://cineprogre.blogspot.com.es/

(Obviamente caen frivolidades también)

miércoles, 13 de junio de 2012

Primera decisión tomada

Hola. Estoy acojonado.

Estoy acabando el proyecto - bueno, lo llevo acabando un mes, y otro mes que me queda para acabarlo - y tras esto ya tengo decidido el siguiente paso: irme. Largarme. Hacer la maleta y probar en otro país. Dejarme de prejuicios y dejarme de peterpanadas. Hacerme mayor.

Han operado a mi padre por un tumor que le detectaron, a tiempo, por pura suerte, en un riñón. Anda él con un riñón menos. Por ello no fui al Primavera Sound este año. Por un lado me dio enorme pena: es un evento social, vuelves a encontrarte con gente en pantalón corto, camiseta, cerveza con vaso de plástico, música estupenda de fondo y un cigarro en la mano - si cabe en esta descripción. Por otro me encontraba en casa, picando código, testando código, y aliviado. Desestresado. Como si me hubiera quitado un enorme peso de encima al empezar a quitarme festivales, sin tener que caminar día y noche y sufrir al no poder saludar a gente. Al poder salir y volver a la hora que me apetecía, y sentarme en la barra del bar de siempre. Estoy envejeciendo.

Esta semana he anulado el Sonar. Pensaba anularlo por mi padre, para estar con él, pero no, él está bien. En realidad es que no me apetece lo suficiente para gastarme un dinero que necesito. Tengo que cortar festivales. No puedo, no puedo permitirme 3 días de día y noche, unos 300 euros o más entre comidas, transportes y demás (o el doble, si tiro de AVE), y en realidad tengo que ir acostumbrándome a que la vida de joven acaba. Ha durado pocos años (en realidad sólo fue a partir de 2007 cuando empecé a gastarme el dinero en lo que realmente quería) pero es que la cuenta atrás está aquí, al lado. La estoy viendo. Tiene forma de plan de pensiones, hipoteca, futuro, y la imagen de la gente más mayor que yo que conozco.

Me han convencido para ir a Londres. Me asusta mucho, muchísimo, de mezcla de terror y bajona, y me asusta mucho, muchísimo, porque lo estoy viendo como el plan de futuro, en piso con moqueta con un alquiler absolutamente loco y ejerciendo de IT con gente que no entenderé demasiado bien. Que Dios me pille confesado.

Me estoy poniendo hermoso, tras 6 meses de gimnasio. He perdido peso, he ganado altura, y crujo alguna cervical más de lo que estaba acostumbrado. Me da la impresión de que todo esto es más masturbación que otra cosa, pero aquí estoy, durillo y con más bracito, y haciendo la maleta.

El siguiente paso al "miedo al fracaso paralizante" es el pánico absoluto cuando has tomado una decisión, que lo sepáis.

sábado, 28 de abril de 2012

La moto de las pesadillas


Cuando era niño, durante una etapa de 2 o 3 años, tenía pesadillas todas las noches. Todas y cada una de ellas. No sé muy bien la razón, pero sospecho que es la mezcla del clima ciertamente tenso y violento que había en el colegio con los estallidos de mala leche que había visto en mis hermanas mayores y en mi madre - mucha mujer en mi casa, muchos arrebatos. Qué se le va a hacer, uno era así, lo somatizaba todo, y por las noches toda esa violencia aparecía en la forma más insospechada, con una imaginería tremenda.

La primera pesadilla que recuerdo, y de hecho una de las pocas que sé narrar porque es lo más imaginativo que ha parido mi subconsciente en toda mi puñetera vida (rivalizando con aquel sueño donde mi gato me cantaba boleros), fue una donde aún estaba en una cuna, o al menos en una cama pequeña con maderas para que no me escapase, cosa que probablemente hacía con frecuencia. Esto era en el cuarto del chalet, que compartía con mi hermana más joven (6 años más que yo), con los pies dando al armario, con mi hermana a mi derecha y la ventana a mi izquierda. El sueño comezaba despertándome a mitad de noche, mirando la cama de mi hermana, y viendo que no estaba, mientras oía ruido en el cuarto de arriba, donde dormían mis hermanas mayores. Me levantaba, subía la escalera (una escalera de madera tremendamente traicionera, que aprendí a dominar con el tiempo), y llegaba a la habitación más grande de la planta de arriba, donde estaban mis cuatro hermanas, en camisón. "¡Mira, Carlos, mira!", señalaban a las ventanas. Las ventanas se iluminaban y por ellas pasaban unas siluetas como si estuvieran en un cóctel, de izquierda a derecha, mientras sonaba música. Mis hermanas se partían de risa. "¡Mira, otra vez!" Las siluetas se movían, junto con su ruido de fondo y su música, desde la derecha a la izquierda, pasando por las ventanas. 

- ¡Carlos, cuidado! ¡Escóndete ahora!

No entendía nada. Miraba las ventanas, donde había luces pero no siluetas. Mis hermanas corrían debajo de las dos camas. Corrí a esconderme debajo de una de ellas, pero a mitad de entrar debajo de ellas, algo me agarraba, mientras veía la cara aterrorizada de mi hermana Marta alejándose. Ese algo me dio la vuelta. Era el lobo feroz. Me miró con cara de lobo feroz, me cogió en brazos, atravesó la pared, apareció por el armario de mi cuarto, me deja en la cuna, y se incorpora desapareciendo a través de la puerta del armario cerrada. Desperté, obviamente, mirando esa puerta. Miré a la derecha, y estaba mi hermana, durmiendo. Volví a mirar al armario, y no había rastro de lobos. Dormí.

Poco después se casaron mis dos hermanas mayores (una forma de forzar prematuramente su independencia; no, no hubo penalty), y los cuartos de arriba los compartieron las otras dos hermanas. La que me protegía era Ana, la "pequeña", y muchas veces me iba a dormir a su cuarto tras el primer sueño, que solía ser una pesadilla con final horrorífico si no lograba despertarme antes. Y las tenía de todo tipo. Monstruos con forma de gorila que se creaban en la oscuridad. Casas donde la única inquilina era una asesina. Brujas de blancanieves monstruosas que atravesaban las paredes. La muerte cabalgando llamando en mi ventana, sonriendo. Brujas y hechiceros, serpientes, arañas, vampiros y hombres lobo. Noches que nunca se hacían de día mientras una bruma de muerte esperaba, acechaba.

Así casi siempre. La única forma en la que podía evitar esos miedos era dormir con mi hermana. Me desperaba de esa pesadilla y subía a su habitación, mientras esperaba a que me dejase un trozo en su cama y dormía con ella. Había noches donde mi madre me oía subir, e intentó muchos trucos para que no subiera: me compró una luz que se encendía con color rojizo (que era muy inquietante), e hizo que mi hermana cerrase su habitación. Eso lo hizo sólo una vez: cuando se despertó y abrió la puerta, me vio allí en el suelo, acurrucado, durmiendo. 

Poco a poco fui tomando el control de mis sueños, de mis pesadillas, sobre todo cuando empecé a dormir con la radio encendida. A volumen bajito. Con las mismas baladas de Air Supply, Jefferson Starship y demás AOR sonando todas las noches. Para entonces las pesadillas empezaron a tomar un patrón común: un sueño era normal, relajado, y de repente venía el aviso. 10 golpes. 10 golpes fuertes que avisaban de que venía esa cosa que me quería comer o matar. Tenía esos 10 golpes de tiempo para gritar y despertarme, si no quería despertarme con un susto de muerte, de darme la vuelta y ver unos colmillos que me despedazaban o algo similar. A veces no era algo tan violento: recuerdo una vez que tenía forma de pulpo. El problema era la incertidumbre: una vez habían pasado los 10 golpes, sabía que iba a despertarme de forma muy súbita tras un susto enorme, pero no sabía cuándo iba a llegar.

Y en la última etapa de simbolismo surrealista, le di forma de moto. Forma de algo montado en una moto, algo amenazador, que tras los 10 golpes se acercaba y dejaba el punto muerto, con la moto esperando, mientras, sin verlo nunca, sabía que se había bajado y me estaba buscando. Nunca lo vi, creo que nunca se llegó a materializar en ninguna cosa de terror. Pero agradezco mucho a mi primo Marc un alarde de genialidad que tuvo en esa época, sería más o menos cuando tenía 10 años.

En un viaje a Barcelona acabamos hablando de sueños antes de acostarnos. Yo le conté lo de la moto de las pesadillas. Él me dijo que había soñado con eso también. Que lo que tenía que hacer era dormir con un cuchillo debajo de la almohada. Un cuchillo de postre. Y desde entonces, mis terrores nocturnos desaparecieron, sin que apenas hicieran falta un par de días con ese truco psicológico tan audaz.

Desde entonces, sólo en noches de mucha fiebre tengo sueños tan aterradores. Hay alguno que recuerdo con una sonrisa por su enorme contenido de humor negro, como aquel donde, tras la ventana, había una colina verde, y en la colina verde, un feliz leñador saltarín, y en la mano de ese feliz leñador, un hacha sangrienta, que no veía hasta que el feliz leñador ya había bajado la colina y me miraba alegremente. O ese tan bonito en el que, al montarme en el ascensor de mi casa, éste se despedazaba hasta dejar, donde estaba el espejo, una cruz invertida ¡y ardiente! mientras el ascensor bajaba hacia los abismos. La última pesadilla que recuerdo, y algo que me sigue dando miedo al recordarla, es una donde me encontraba viendo el fin del mundo, con la tierra tragada por lava, y en un peñasco, un cura y unos 20 niños. El cura gritaba al viento "¡y el sexto mandamiento es!" y los niños gritaban "¡no cometerás actos impuros!" y el cura "¡AMEN!" "¡amen!" "¡Y dijo el señor en su octavo mandamiento...!". Alrededor la lava escupía fuego, y trozos de tierra iban cayendo, mientras yo flotaba viendo la escena. Desperté sudando, y diciendo "¡jo-der!".

Todo esto me lo ha inspirado "Intruders" de Fresnadillo, que trata mucho de este tipo de cosas.

jueves, 16 de febrero de 2012

Paro

La verdad, no me lo esperaba. Tras unos cuantos años donde, cada vez que estaba con una baja o con unas vacaciones, me agobiaba pensando en la de trabajo que me quedaba pendiente, no me imaginaba que iba a adaptarme tan bien a la vida sedentaria. Que estoy en paro, tras un fracaso laboral que ya tengo asimilado (NO valgo para consultorías, es así; ni me gusta la gente que se mueve por ellas ni a ellos les gusto yo), y cada semana noto un poco más de esas endorfinas, esas ondas alfa, eso que te deja en un estado equilibrado de relax, de escuchar música saboreando los detalles, de escribir cuando te apetece, de disfrutar de tu casa, tu cuarto, tu cama. De poder ir al gimnasio (sí, soy otro DE ESOS) sin que venga una pesadez mental y un odio al mundo tremendo. De haber perdido las ojeras, haber adelgazado gracias a la comida de casa, de poder leer. De pasarme tardes con el portatil en un Starbucks mientras el café sigue calentito después de una hora.


Es un poco, por repetir el símil, como la escena del campo de amapolas de El Mago de Oz, pero como si esas amapolas no sólo fueran una droga que atonta, sino pudieran quitar las contracturas, desanudar las preocupaciones. El lunes es una gozada, el martes también. No me estoy resfriando, no me da dolor de cabeza, y desde enero no he vuelto a tener esos brutales problemas respiratorios que me amargaban todas las mañanas con ojos llorosos e hinchados, y que siempre eran interpretados en mi oficina como una vida nocturna incompatible con la laboral. ¿Todo esto por qué lo escribo? Porque ni me daba cuenta de la espiral de machaque en la que me había metido, de estar en un trabajo que no me gusta, con gente a la que no gusto, con falta de tiempo para mí y que el poco que tuviera estaba tan criticado por compañeros por pasarlo bien "¿otro festival? ¿pero no vas a parar? Tú tienes demasiada vida social, así no rindes luego, jajajaajajaja, jajajaja [hijo de puta, cabrón, te odio]".

Ay, la consultoría informática. Vuelvo a aconsejar: manteneos lejos de ella. Puedes pasar, como es mi caso, de ser un recurso por el que empresas se pegan, se chantajean, se dan la zancadilla, a ser un recurso apestado, odiado. En cuestión de meses. Y no serás tú: será el dinero, o alguna extraña rencilla personal aleatoria de alguien que se siente amenazado por tu presencia.

Por otro lado, con todo esto rondando por la cabeza, a ver quién es el guapo que se pone a buscar trabajo.

sábado, 11 de febrero de 2012

Un juego: Deus Ex


No sé si os pasa a vosotros, pero a mí me cuesta mucho menos hablar de un libro o un juego cuando estoy a mitad de ello que cuando me lo termino y sólo tengo presente el final, ese final que cierra todas las tramas, y si no todas, las que no se han cerrado se olvidan. Dejas de pensar en ello, y simplemente te quedas con la sensación de si te gustó o no.

Llevo unos meses disfrutando de un juego de hace 10 años. Espera, que ya son 12. Deus Ex es una mezcla entre juego de rol y juego de acción que aprovechaba el muy potente motor del Unreal (inconfundible en los halos de astigmatismo que tienen todas las fuentes de luz) para contar una historia compleja de conspiraciones políticas. Bueno, no, compleja no, pero sí bastante detallada. También fue el juego con el que Ion Storm (mezcla de la gente de Looking Glass con gente que venía del mundo del shareware) mostraba una ambición notable. Es, digamos, un juego puramente de PC, y una de las experiencias más raramente familiares que he tenido con un arcade.

Tiene un antecesor muy claro, que es el magnífico, atmosférico, variado, simplemente perfecto System Shock. Ese juego trataba de infiltrarse en una nave cuya inteligencia artificial se había vuelto loca y homicida, y aprender la historia de esa locura mediante la consulta de correos y logs. Lo de ir avanzando por niveles leyendo mensajitos que expliquen parte de la historia es algo que ha influido en casi todos los shooters posteriores, aunque es en general el primer arcade en primera persona que dio una importancia tan notable a la narración. Deus Ex tiene muchísimos detalles de este, pero le añade elementos de rol que muchas veces pasan desapercibidos aunque estén siempre allí. ¿Qué quiere decir esto?

A ver, recordemos el esquema de un arcade en primera persona. Son juegos separados por niveles donde tienes que llevar al personaje de un punto A a un punto B, a veces por un camino laberíntico, y encontrándose con enemigos a los que hay que cargarse. La ventaja de Deus Ex es que puede ser eso o puede ser esquivar a los enemigos, a lo Metal Gear Solid o Splinter Cell. O se puede aprovechar el nado como forma de exploración. Exploración. Aquí está una de las claves. Una de ellas porque a medida que juego me pregunto qué es lo que consigue esta atmósfera tan especial, este juego que a muy poca gente le dejó de gustar. Y poco a poco voy viendo elementos clave que se repiten con fortuna.

Los elementos se ven mejor cuando se comparan con juegos parecidos: por ejemplo, estoy, a la vez, jugando a Splinter Cell: Chaos Theory, juego de conspiraciones mundiales que te obligan a ti, superagente del imperio, a sacar información de escenarios, sabotear cosas, a veces matar dirigentes, etcétera. El juego te narra entre misiones y durante ellas, y manejas a un personaje carismático llamado Sam Fischer. Bien, con todos estos elementos, el juego es incapaz de hacerte sentir parte de esa historia como hace Deus Ex. Después de un comienzo bastante desastroso, el juego, separado en niveles, parece que se hace a medida de lo que estás haciendo tú, el jugador. No sólo hay enemigos, sino que hay personajes neutrales. Hay conversaciones que se escuchan pasando cerca. Hay periódicos, teles, radios, mensajes de contestador, y sobre todo, hay ordenadores que se pueden "hackear". Todo aporta un nivel más, toda la información rodea sabiamente el momento exacto en el que se encuentra el jugador, y en definitiva, hace eso tan bonito que poquitos juegos consiguen: crea una realidad. Los sonidos, los iconos, el tipo de armas, el nado, las alcantarillas: todo forma parte única, reconocible, inconfundible del mismo juego.

Y además es muy divertido. Fama merecida.

Eso sí, la música se repite, y pese a que el motor de Unreal sea bien potente y se conserve bastante bien, duele jugar a una cosa de hace 12 años.

Una película: J Edgar


La verdad, esto de los biopics es una suerte: siempre te lleva a la pantalla alguien más guapo y más carismático que tú. Este es el primer problema que tengo con la última película de Clint Eastwood: Leonardo DiCaprio es un tío esforzado, que se exige muchísimo en un papel, pero no lo veo como este J Edgar medio estrábico, feo a rabiar, con cara de oficinista venido a más. Hay que alabarlo por su valor, su tesón y tal, pero DiCaprio tiene ese mismo defecto que Matt Damon: no deja de ser esclavo de una cara que le impide ser ciertas personas.

Pero vamos a la peli, que para ser la primera película que veo en el cine en casi un año habrá que hablar de ella. J Edgar trata de los inicios del creador del FBI, de sus motivaciones, y sobre todo de una especie de Brokeback Mountain que forma su relación con Clyde Tolson (otra vez, llevado a la pantalla por un actor demasiado guapo - espectacularmente guapo - para lo que fue el personaje real). Todo esto lo cuenta en forma de biografía dictada que rememora hechos del pasado en forma de flashback. Muy clásico.

Muy clásico y un poco encorsetado, la verdad. Falta que cada vez que hay un flashback empiece a difuminarse la imagen, y no queda muy clara la utilidad narrativa de solapar el tiempo "presente" con el pasado. Pero voy a lo que más me frustra de la película, lo que realmente me molesta, es la diferencia entre las espectativas que me promete y en lo que se acaba centrando: no sé a vosotros, pero a mí me fascina la mente de un paranoico. Y la mente colmena paranoica, de "el enemigo está entre nosotros", ya es una cosa que me provoca casi amor. Lo que más me intriga del amigo J Edgar es cómo llego a ese nivel de obsesión por el enemigo, cómo llegó a ver enemigos en todas partes, si realmente se creía que sus enemigos personales eran enemigos del estado (que estoy seguro de que sí), y sobre todo, cómo era de difícil el panorama político y social para que no le costase nada pasar de una etapa de glorificación del outsider a una donde se alababa la fuerza policial. Eso no lo explica, apenas, Clint Eastwood, y me temo que sea por una razón muy sencilla: es, ya, demasiado "rojo" como para ponerse en la piel de un sentimiento puramente republicano, de nacionalismo xenófobo, clasista, de miedo orgulloso al extraño y extranjero. Hasta que no aparece esa historia de amor platónico no hay por donde coger a los personajes, y diría que ese cambio de tono, de biopic de carácter político a historia de armarización (con una muy inquietante escena de travestismo incluída), es demasiado brusco, demasiado calculado. Es como un salvavidas: Clint Eastwood sabe de amor, así que centra la segunda mitad de la película en esto.

Y caray si sabe rodar sobre amor. Pese a que esa segunda mitad trate de los dos actores principales bajo más maquillaje que Al Pacino en Dick Tracy, y que estos apenas se puedan mover bajo tanto cartón, ahí es donde está la parte emotiva y que domina Eastwood, esa parte de sentimientos que no se saben expresar, de dejar pasar el tiempo, de dar por perdida una relación sentimental, de dejarlo pasar y esperar a que muera, y una vez hecho esto, arrepentirse del tiempo perdido. Ahí me emocioné.

Y vale, hay escenas con una carga simbólica fabulosa, como la del beso lleno de sangre. Pero es una película de armarización de dos personajes que bien podrían llamarse Manolo y Julián, y ser de Cuenca. Es la parte fabulada, y me parece que podría haber sido un guión completamente ajeno adaptado con calzador a la vida del creador del FBI. No sé, a mí me interesa más el momento FBI, y Eastwood parece sólo interesado en demostrarnos que era incapaz hasta de hacer detenciones y que su única valía en la vida era clasificar libros en la biblioteca y poseer un carácter insoportable que le ayudaba a ascender. Judi Dench haciendo de madre objeto de un Edipo de magnitud wagneriana está divertida en el papel de la que se supone culpable del carácter de su hijo, y hay unos cuantos cameos curiosos. Pero vamos, las dos horas y pico se pasan fluidas, y eso, la peli es bonita.

Pero ¿una peli bonita sobre J Edgar Hoover? Me sigue chirriando ese concepto. ¿Qué será lo próximo, un biopic sobre la pubertad de Angela Merkel?

martes, 24 de enero de 2012

Un libro El percherón mortal


Es una maravilla esto de estar en paro y lograr hacer todas esas cosas a las que nunca me daban tiempo o estaba demasiado cansado para hacer. Por ejemplo, leer. Leer libros de esos que tienen papel, que llevan años esperando en la estantería, que sabes que te van a gustar pero que aguantan un día y otro mes y otro año en la parte baja de la pila. Hasta que alguien, un día, menciona un libro, recuerdas que lo tienes, lo coges, y lo devoras. Caso de éste de un señor llamado John Franklin Bardin.

Esto se podría llamar novela de intriga, novela negra, o novela de suspense. O novela hitcockiana con muchos elementos compartidos con Fredric Brown. La cosa va de un psicólogo que recibe a un chaval majo y bien parecido, que le habla de duendes que le obligan a hacer cosas, y que el psicólogo acompaña al chaval, y conoce a los duendes, cosa que provoca una serie de desgracias en su vida y unos cuantos trastornos de personalidad. Es decir, que deja de tener vida.

Lo que comparte con Fredric Brown son dos cosas principales: cómo deja que los elementos oníricos y sobrenaturales no se expliquen hasta el final de la novela, y cómo construye una trama complejísima que siempre te está ocultando un giro más. Claro, que Brown era más de beber, de gente que entre pedal y cogorza resolvía casos. Franklin Bardin trata de que no es difícil tener una crisis y perder la cabeza. Sí, vale, hay un misterio principal, una intriga, pero el psicoanálisis y el cuestionamiento de qué es una persona, qué es una vida e incluso qué es una realidad, no deja de aparecer por cada página. Y eso es lo que cobra importancia de la novela, mucho más que personajes insólitos, mujeres fatal y cliffhangers pronunciadísimos. Y es por esto por lo que recomiendo la novela, que además tiene un tono entre terror y humor que he disfrutado como un enano. Gracieta intended.


lunes, 9 de enero de 2012

2012

Qué redundante es un blog cuando ya hay foros, twitters, facebooks y demás en donde uno va informando de lo que opina, lee y le ocurre durante el día. Qué poco sentido tiene el monólogo, el escribir sin feedback inmediato, el canto al ego que sirve como escaparate posterior que es un blog. Qué pocas ganas tengo, en realidad, de mostrarme aquí otra vez desnudo y fofo, con mis pelos mal puestos, para contaros mi vida.

Pero para eso está la cosa, supongo. 2012 ha empezado con un empujón externo: me han echado del trabajo. Lo he dicho tantas veces, he expuesto los detalles con una pornografía tan lastimosa, tan autocompasiva, que ya es paródico que lo explique otra vez: me echaron sin dejarme recoger las cosas, con muchos archivos personales en el portátil, porque "hemos recibido informes muy negativos sobre ti". "Aceptamos la improcedencia del despido", me dijeron. Primero shock, luego nerviosismo, luego bajona, y casi al final alivio, el mismo alivio de cuando se te muere un ser cercano por cáncer. El trabajo me daba vida, me quitaba de tratar cosas personales, de tomar decisiones, pero no podía seguir así durante mucho más tiempo. Era el campo de amapolas de El Mago de Oz, pero además un campo de amapolas con insectos que te machacan. Me daba dinero para el ocio, pero cuando llegaban las vacaciones estaba demasiado cansado como para disfrutarlas. Y postergaba varias decisiones a la vez: cómo iba a acabar el proyecto, cómo iba a cambiar mi futuro profesional hacia algo que no me quemase tanto, cómo iba a empezar a moverme en otras direcciones, cómo iba a recuperar esas aficiones, esas inquietudes que me gustaban y que se me daban tan bien. Ha sido la mejor peor noticia del año, y esto ocurriendo el 2 de enero.

Estoy en el paro, tras una semana de vacaciones totales de jugar al Terraria, comprar Reyes, ayudar a mis padres. Ahora ya ha pasado todo eso: tengo este tiempo para un proyecto que quiero tener en tres meses ya muy muy enfilado - porque si no me quedo sin festivales, y lo siento, no - y para verme en el espejo y que el reflejo me diga "mira, si ahora no haces eso de coger un tracker y sacar esas melodías de tu cabecita y ponerlas ahí, eso de escribir todas esas elucubraciones sobre esa gente que te encuentras en la calle y cuya historia de cómo llegaron ahí imaginas en segundos, eso de esforzarte para escribir en esos sitios donde quieren que escribas... como no hagas todo eso, es pura, totalmente, culpa tuya". Soy como Rajoy con mayoría absoluta pero con mi vida. Tanta responsabilidad.

Y por otro lado, mañana llego a los 34 años.

jueves, 27 de octubre de 2011

Global Communication en el Teatro Infanta Isabel


La época dorada de festivales y conciertos que nos ha tocado vivir ha tenido consecuencias tan agradecibles como la vuelta a los escenarios de bastantes grupos que creíamos retirados en sus casas de campo, ya sean Sonics, ya sean Pulp. Pero recientemente han sido las formaciones de electrónica las que han decidido volver, aunque fuera para recuperar lo que más orgullo les da de sus creaciones durante los 90, probablemente la edad de oro del género (aunque sea en popularidad), como ha ocurrido con Leftfield. Mark Pritchard y Tom Middleton no han parado desde que dejaron de producir temas como Global Communication, el segundo variando entre el house y el ambient, y el primero tocando practicamente todos los palos posibles, pero supongo que ambos mirarían con nostalgia el disco que les mitificó entre los aficionados, “76:14”, y por ello quisieron hacer una gira del tipo “performs”. Lo cual fue una excelente noticia para los aficionados al grupo.

En el Teatro Infanta Isabel, un marco fabuloso para este tipo de concierto, fue donde Global Communication dieron el segundo directo en el país tras el paso del Sónar, y esta vez englobado en las actividades de la Red Bull Music Academy. Tras un telonero que tuvo la mala fortuna de ser ubicado en el bar del teatro y con un volumen bastante bajo, comenzaron Pritchard y Middleton de la misma forma que comenzaron su directo en el Sónar: interludio de “comunicación global” y adelante con el 4:02, sucediendo a ésta la parte estrictamente ambient del álbum, a veces con alguna variación y con visuales generalmente atractivas con motivos espaciales, alienígenas, biológicos, geométricos. Es todo un flashback disfrutar de algo que suena tan a los 90, cuando las portadas de la electrónica tenían siempre motivos de ciencia ficción, cuando todo podía aún ir a mejor, cuando el ambient y la new age no eran mayoritariamente una parodia de sí mismos.

Sin embargo, y seguramente sea por mi calidad de enamorado de sus producciones lo que me hace mucho más exigente, creo que hay varios puntos discutibles en su puesta en escena. Las visuales, desplegadas en un par de pantallas convexas en ángulo recto, tapando a los autores de la música, sólo podían verse bien desde bien lejos y bien centrado en la sala. El repertorio sólo cubría la mitad del disco al que se hace homenaje, dejándose en el tintero cualquier apunte funk, downtempo o electro que tiene éste, y apuntes que son vitales en su perfección, ya que la gran virtud de 76:14 es precisamente el equilibrio entre los sonidos e influencias (Vangelis, Larry Heard, Chicago, Detroit...) a través de una secuenciación bien cuidada.

El resto del concierto tuvo uno de sus remixes del “Blood Music” de Chapterhouse (“Epsilon Phase”, remix de “Love Forever”), que me volvió desear una vuelta de Chapterhouse a los escenarios de la península, y un par de temas que se encontraban en el segundo disco de la reedición de 76:14 : el estupendo “Incidental Harmony”, con ecos del IDM de Warp más clásico, y el reconocido tema house “The Way (Secret Ingredients mix)”, que para quien escribe no es precisamente lo mejor del repertorio de esta pareja artística.

Pero incluso con estos puntos negativos el concierto era, simplemente, imprescindible. Es una muestra de la riqueza de un tiempo y lugar de la música electrónica, con un álbum en cuyo género reina junto con lo mejor de The Orb, KLF, Mixmaster Morris o Jonah Sharp, es una oportunidad única de ver la creación de ambient en directo, y el recinto que acogió este evento no podría haber sido mejor. Añádase a esto el público más educado que ha tenido la capital en muchísimo tiempo, y queda una experiencia irrepetible, de viaje cósmico a tiempos mejores, que pocos de los asistentes vamos a poder olvidar. Si tenéis la mínima curiosidad por este estilo de música, no os los perdáis la próxima vez que presenten este disco.

martes, 25 de octubre de 2011

Retrospectiva festivalera (segunda parte)


Hola, sigo con esta crónica de mi dinero gastado por el bien de la música y de los pelotazos festivaleros.

DIA DE LA MUSICA

Que nadie se lleve a engaño: pese a que coincidía el fin de semana con el Sonar, pude llegar a tiempo a este festival. ¿Cómo? Fácil: empalmando el Sónar, cogiendo un ave a primera hora, y cargando con la maleta desde Atocha (sí, se me ocurrió llegar andando en pleno fin de semana de calor aberrante de junio), y llegando a tiempo al concierto de Pony Bravo, razón principal por la que me apunté a ese festival un día. Y bueno, lo que empezó siendo algún concierto, tuvo cierto empaque en una explanada en Principe Pío (con, recordemos, un cartel nacional bastante espectacular) y el año pasado fue trasladado al Matadero, ha acabado siendo un festival con todas las letras, y uno bien barato.

Música: ahí se ve. Parece una franquicia a pequeña escala del Primavera Sound: grupos sin demasiado caché, bastante variados, que se acercan a lo folkie, con alguna concesión sorprendente a otros géneros como Janelle Monae o Caribou. La verdad, el cartel que llevan anunciando todos estos años es muy potente y este año se han superado: estaban Yuck con hype reciente, estaban Wild Beasts con rehype reciente, estaba la Russian Red con disco reciente, estaba el carísimo y espectacular show de la Janelle Monae... toda una guía de lo más valorado de las revistas actuales, en escenarios de diversa eficacia (alguna nave sonaba de culo, los escenarios exteriores sonaban bastante bien, el auditorio sonaba de maravilla) y público generalmente empático.

Precio: tirao. Baratísima la entrada, muy ajustado el precio de las bebidas, comida variadísima - es el festival de este año donde mejor comida se ha vendido, desde hamburguesas caseras hasta puestos veganos - facilísimo colar bebida, y al lado de múltiples bares. Mucho más barato que una noche cualquiera por Madrid. Lo cual acerca esta música a bastante público, por cierto.

Ambientillo: bastante gozoso, precisamente porque, aparte de los aficionados indies, el precio acerca a muchísimos treintañeros casados, cuarentañeros y demás público que no se suele ver en estos eventos y que descubren que molan, con lo que están entusiasmados. Por las mañanas los conciertos suelen ser gratuitos, con lo que se ven familias y críos. Y bueno, puede achacarse que la gente habla bastante, pasa un poco de los directos cuando van, pero comparado con el Primavera Sound donde era eso más droga más violencia, pues lo del Día de la Música casi parece una comuna de inquietudes y felicidad. Mis favoritos, insisto, son esos señores que van con polo porque no saben qué llevar a estas cosas, y se sienten raros con el mini en la mano, y de repente se encuentran sintiéndose adolescentes otra vez, sentándose en el suelo. Su felicidad es contagiosa.

Comodidad: notable. Pocos escenarios, uno muy discutible (el UFI) y otro que suele sonar fatal y que se llena de humedad calurosa, pero dos escenarios exteriores muy decentes, uno con butacas más decente, y abundantes sitios para descansar en todos ellos. Pero sobre todo es que está en El Matadero, en Lavapiés, a dos pasos de un metro, y que dentro hay servicios para aburrir. Sí, cuando se llena de fanes de Vetusta Morla no es tan cómodo, pero para ser una cosa tan barata lo veo lleno de facilidades y puntos a favor. Que llegué ahí sin apenas dormir y con una maleta y aguanté toda la tarde y parte de la noche!

Actividades paralelas y feeling general como festival: hay actividades dentro del Matadero, hay algún concierto aparte en otras salas, y hay abundante publicidad en todo Madrid y páginas especializadas, pero no es, ni mucho menos, algo en lo que se vuelque todo Madrid como símbolo de inquietudes culturales, escenas musicales o cualquier cosa parecida. Parece más una acumulación de gente de todo tipo disfrutando de días al aire libre con música que un festival en sí. Lo cual, curiosamente, no es malo, porque precisamente esto es lo mejor del Día de la Música, y yo valoro mucho los festivales que parezcan vacaciones.



DCODE FESTIVAL

A principios de año, o más bien llegada la primavera, surgió un rumor de que iba a haber un nuevo festival en Madrid. Nadie se lo creía, pero de repente hubo cartel. Y de repente hubo confirmaciones, y un sitio donde ponerlo: en plena Ciudad Universitaria, al lado de Moncloa. Seguíamos sin creérnoslo cuando vimos las confirmaciones, que oscilaban brutalmente entre My Chemical Romance y Sum 41, y Eels y Band of Horses, con algo de Aloud, algo de indie patrio, algo de electrónica. Una mezcla esquizofrénica, y a un precio no precisamente barato, que sólo podía salir mal. Sorpresa: salió bien, bastante bien. Pese al calor.

Musica: mezcla de absolutamente todo, de forma muy discutible, a veces saliendo bien y a veces saliendo mal. Me da que la intención era hacer el festival más joven posible, de grupos del Independance, y canciones que salieran en The OC, en Gossip Girl, en cualquier serie de adolescentes emos. Dos escenarios pegados que se iban alternando y uno pequeño que era fagocitado por los escenarios grandes. Dos escenarios grandes donde, insisto, tocaron My Chemical Romance, justo después Eels, justo después Sum 41, y justo después Band of Horses.

Y no pasó nada. Los fanes de unos disfrutaron, o no, del concierto de los otros. Los gustos musicales se juntaron. Las inquietudes se multiplicaban. Y si no te gustaba el concierto, te ibas metros más atrás a beber tranquilamente.

La parte electrónica era más discutible, por no decir directamente que era una mierda. The Sounds ya eran viejos al salir, the Ting Tings tienen algún tema bueno y luego muchísimo relleno, los Crystal Castles estamos todos hasta las narices de ellos, y los Zombie Kids son los Steve Aoki barbudos del país y ya. Todo muy fácil, muy chusco, y normalmente muy aburrido. Claro, que compensaba la otra parte escuchada durante el día.

Precio: hm, caro para lo que daban. 60-70 euros el abono (recordemos que el SOS estaba a menos de 40, y el día de la música a 25), cervezas a precio (y más que precio, parece que los camareros también) del FIB, comida escasa y tirando a inflada. La ventaja, en mi caso, era la cercanía al hogar: un bus y para casa.

Teniendo en cuenta que los conciertos son seguidos y no se solapan, los más avispados hacían botellón fuera del recinto. Sin duda es la opción más recomendable y económica, que hace que el fin de semana se vuelva muuy barato.

Ambientillo: el mejor de todos los festivales. Cuando vi a una pareja con sus hijo de 10 años (el padre con camiseta de Los Ramones, el hijo con camiseta del grupo) que veían todos Sum 41 mientras el chaval, con gafas, disfrutaba headbangeando todas las canciones de su grupo favorito, pensé "es que esto es lo que debería ser". La mezcla de gente en este festival era bestial: desde lo más choni hasta lo más pijo, desde lo más mamarracho y moderno hasta lo más repeinado. Y niños, muchos niños. El acercar un evento de música a los niños me parece, insisto, lo más grande que se ha pensado en festivales en la capital (en el Primavera se intenta, pero obviamente sus dimensiones asustan a la hora de meter a los críos), y ellos son los más respetuosos con los grupos que no conocen. Además, como había mono de festivales en Madrid, el entusiasmo era bastante contagioso.

Comodidad: no está muy lejos de Moncloa, está cerca de una parada de autobús, y es en un recinto bastante abarcable. Oh pero. Hay un césped que en horas se hizo polvo, y polvo, y más polvo, hasta el punto de escupir polvo, de sonarte mocos negros, de no poder respirar. Y este año hizo un calor demoledor, que unido a una solana sin sombras hacía que ver a Toundra a las 5 de la tarde fuera toda una cuestión de fe. Es decir, se convierte todo en una explanada implacable, y encima con bastantes problemas de aprovisionamiento de comida (bocatas de tortilla precongelada). Pantalones cortos, zapatillas cómodas y una ducha al llegar a casa son elementos imprescindibles. En definitiva: no, no es lo más cómodo, no.

Actividades paralelas y feeling general como festival: oh, cero actividades paralelas, y feeling, más que de festival, de una agrupación de conciertos. Es más una tarde (dos tardes) de farra sufriendo la solana que un festival en sí. La música acaba bastante pronto (a las 3) con lo que tampoco hay esa sensación de nocturnidad. Vamos, que como festival es la cosa más justita que hay, pero como es divertido, la selección de grupos es insólita (es muy difícil ver a Eels y a Band of Horses, pero más aún verlos junto a My Chemical Romance) y la gente está entregada, se acaba convirtiendo en un evento muy recomendable. Si llega al año que viene, claro está.

FESTIVAL INTERNACIONAL DE BENICASSIM (FIB)

El FIB hace unos años decidió ir virando de "festival para indies españoles" a "festival para mainstream de los ingleses", para cabreo de muchos habituales, que vieron cómo un festival "suyo" se convirtió en algo plagado de jóvenes fibrados blanquitos que se queman con absoluta alegría y que beben hasta vomitar. Bien, aunque da ciertos bandazos en cuanto al cartel, y a pesar de que este año se acercó a la categoría de "timo" al reducir cartel, quitar electrónica y quitar calidad, sigue siendo un festival la mar de potente que representa lo que debería ser un evento musical de estos: vacaciones, relax, cerveza, bailar hasta las mil.

Música: de cabeza de cartel, uno o dos rompetaquillas de las islas, normalmente algún derivado del brit pop. De relleno de cartel la cosa se reparte entre mainstream británico de todo tipo (más electrónico, menos electrónico, más nuevo, menos nuevo), alguna recuperación de viejunos (Stranglers, Undertones y Big Audio Dynamite este año), una cómoda representación local que es más notable de lo que nos hacen creer los rumores, y bueno, hasta este año, un cartel electrónico impresionante. Variadito, a partir de las 5-6 de la tarde, subiendo en decibelios y en brutalidad de las propuestas a medida que llega la noche, con sus folkies, sus poppies, y el resto de sus cosas.

Precio: a ver, es el más caro de la península, pero también son 4 días. Es caro, y a eso hay que añadir la estancia, que recordemos que Benicassim es un pueblo con playa (y una playa bastante maja, por cierto). El alcohol dentro es el precio medio (no la pasta que te dejas en el Primavera Sound), la comida está orientada a ingleses (pizzas, mierdas semi wok, kebabs malos, hamburguesas secas, alguna sorpresa en chiringuitos "exóticos") y es como el doble de cara de lo que te costaría en otro lado, y el programa es de pago. Vamos: es una señora pasta que obliga a tirar de botellones, bocadillos y excursiones fuera del recinto para ir reponiendo. Luego el pueblo no es *tan* caro, eso sí.

Ambientillo: millares de guiris paseando por el pueblo de Benicassim durante el día, con sus colchonetas, gafas de sol baratas de colores, sombreritos, cuerpos que a medida que van pasando la veintena van haciéndose más flácidos pero que nunca tienen un rastro de pelo, rubias pavísimas, terrazas donde no paran de surgir jarras de cerveza, y colas interminables en el Mercadona con la toalla al hombro, la arena en los pies y el olor a crema protectora. Botellones en cada esquina. Un camping infernal (conocido como Benicauschwitz) sin sombra que obliga a dormir por las esquinas de sombra a cualquiera que lo sufra, con visiones casi zombis que se repiten por las calles. Vamos, un ambientazo por el día.

Por la noche, los mismos guiris, quemados, viendo conciertos, un poco asilvestrados, un poco borrachos como cubas, y los españoles que intentamos alcanzar su nivel de euforia y a veces lo conseguimos. El FIB es, de lejos, el festival donde la cosa va menos de la música y más de pasárselo bien, y ese relax, ese dejar que pase el tiempo, esa ausencia de estrés, de sentarse en cualquier lado, de que te de todo igual, es lo más característico. Todos los años se desnuda un guiri. Todos los años las guiris enseñan las tetas. Todos los años alguien te vomita cerca o encima de los pies. Todos los años el camarero te pregunta en inglés el primer día, y el tercero ya sois amigos del alma. Ambiente afable y simpático, si no fuera porque algunos guiris (italianos normalmente) y algunos locales se comportan de forma paranoica por su mala asimilación de la droga.

Comodidad: La pregunta es ¿con camping o sin camping? En festivales anteriores no he hablado de camping porque siempre se puede conseguir hotel o no hay camping directamente, pero lo más característico del FIB es eso de dormir en camping, de lo que te habla la gente como un paso a la madurez, como hacer la mili. Bien, tras un año, 2009, donde maldormimos en camping, sufrimos un incendio y un viento huracanado que voló medio Benicassim, y que al cuarto día no pude disfrutar perdiéndome DOS, DOS sesiones de Garnier entre UNA sesión de Dj Hell, dije que el camping para los niños. Es imposible dormir ahí: el sol sale a las 8 y si no tienes demasiado calor, las cigarras con sus cánticos se preocupan de recordarte que ellas sí.

Así que es absolutamente imprescindible hacerse con hostal, hotel, casa alquilada o parecido. Son 4 días de festival, 4 días que pueden ser muy largos, y todo lo que sea asegurar el descanso entre tanto tute es una decisión excelente.

El recinto, por otro lado, está apartado del pueblo, y el paseo es notable. Paseo con chanclas porque, por si no lo he mencionado, Levante en verano es muy muy caluroso. No deja de ser un coñazo, pero tiene la enorme ventaja de que el FIB es el festival mejor organizado de ... de todos los que conozco. Accesos muy razonables, tres escenarios cercanos pero lo suficientemente lejanos, baños accesibles en cualquier momento y cualquier lugar, y rincones para huir o sentarse. Vale, hay que esquivar a los festivaleros que se han quedado dormidos en mitad del suelo agarrados a la cerveza, pero es un mal muy menor. El FIB y su asfalto te acogen y te tratan de maravilla. Y sí, no es que haya muchas, pero por el día hay sombras.

Actividades paralelas y feeling general como festival: Benicassim vive para esa semana. No es un pueblo con mucho turismo ni con una economía creciente, con lo que ellos son los primeros interesados en que el cartel tenga cabezas que aseguren la venta y reventa de entradas. El pueblo se centra en que el inglés esté a gusto, dándole su comida rápida de mierda y asegurando jarras de cerveza y radiofórmula brit en cada esquina. Es decir, ambiente hay, una barbaridad, y actividades paralelas también hay bastantes, aunque nunca las he catado: conciertos en la playa, proyecciones de películas, hasta monologuistas. Pero es el festival, el recinto en sí, lo que realmente domina Benicassim y lo que le da entidad suficiente como para no ser derribado del todo por el Primavera Sound. Bailar mientras amanece, corear con millares de personas distribuidas cómodamente a lo ancho de un escenario principal... sí, un festival muy poderoso y recomendable si hay dinero y energías.


PAREDES DE COURA

España se acaba donde empieza el careto de la península, pero no así los festivales. Tanto el Superbock como el Paredes de Coura están consolidándose como ofertas importantes a nivel europeo, tanto por su cartel intachable como por sus características de "eh, es un secreto, no lo digas muy alto", que se nota en todo Paredes. Y es que Paredes (que dura, digamos, tres días y medio) es un festival tan bonito como aparece en la foto del cartel: en mitad del monte, rodeado de árboles y verde, con un camping lleno de sombras, y un escenario principal situado en una especie de valle que consigue un anfiteatro natural donde uno se puede sentar con comodidad y no dejar de ver el escenario. Cuando el recinto no está abierto, el camping se llena de hogueras, pescado asado, y demás cocinitas, un bar te acoge durante todo el día (de día sirve cafés, de noche funciona como after) y un río se convierte en el centro de toda actividad: lo normal es pasar ahí toda la mañana, en una toalla, leyendo, tomando el sol, más tarde disfrutando de unos conciertos de jazz. Vamos, que esto no lo debería popularizar nadie.

Música: excelente en la parte de pop rock, horrible en la parte electrónica. Paredes de Coura solía ser conocido como un pequeño FIB, pero este año fue, de lejos, un pequeño Primavera Sound: Pulp repitiendo, Crystal Stilts, No Age, Mogwai... con alguna concesión tipo Two Door Cinema Club y algunos grupos locales. La parte de electrónica tiraba de djs que pinchaban zapatilla (lo cual no pegaba ni con cola con lo disfrutado anteriormente), y algún experimento majo como Orelha Negra (éxitos de la electrónica noventera con instrumentos en directo, como su fuera una banda de feria, pero tocando Chemical Brothers). Muy buen sonido en el escenario principal, bastante hórrido en la carpa, aunque mejoraba cuando te alejabas fuera del techo.

Es irónico que la mejor parte del festival en cuanto a electrónica es el bar-after que está de paso yendo al camping.

Precio: tan barato que uno tiene el peligro de acabar haciéndolo caro. El camping es la opción más barata, obviamente, pero la estancia en casas (que alquilan habitaciones, la casa entera, o incluso el jardín para acampar) no sale mucho más cara. La cerveza en Portugal y la comida es ese 10-20% más barato que te hace que descontroles el consumo. Aún así, y contando el desplazamiento, es el festival en el que menos dinero me he gastado.

Ambientillo: como si los guiris del FIB hablasen portugués. Obviamente los vecinos peninsulares son mayoría, pero también hay gallegos, madrileños, catalanes... en una mezcla de los ambientes del Primavera Sound y el FIB. Del Primavera viene mucho estilismo extremo, pero del FIB, el sentimiento de vacaciones y de que todo da igual, de un poco comuna. Obviamente el pueblo de Paredes no es tan grande como Benicassim, pero acoge igualmente a todos los veraneantes en bermudas y chanclas, que por la mañana van al río, por la tarde al festival, y por la madrugada, a las tiendas.

La experiencia del camping fue bastante positiva, y es otra cosa que da un poco el toque "campamento de verano con música" al Paredes de Coura. No es la cosa industrial y polvorienta del FIB, sino un camping de verdad, con muchos árboles, donde tienes que acceder con linterna, y te despiertas tranquilamente por la mañana cuando el sol asoma por la tienda, y mientras te desperezas vas viendo a tus vecinos, coges la bolsa de aseo, bajas a quitarte las legañas... no ha habido festival que me recordase tanto a los campamentos scout.

Durante los conciertos esta gente tiene dos pequeños defectos: son muy ruidosos, y no paran de dar palmitas. A destiempo, normalmente.

Comodidad: estuve en un camping, y aún así fue comodísimo. Pese a dormir en cuesta. Pese a que son ruidosos. Pese a que de vez en cuando sonaba una corneta haciendo tres o cuatro notas, en cualquier momento del día (y digo CUALQUIERA), y todo el camping, absolutamente todo, contestaba con un grito "Ole!". Pese a las arañas, al barro. Pese a unos baños infectos, los más asquerosos... ah no, que luego estuve en el Outlook. Bueno, pues pese a ese olor a mierda y a tener que aprenderse los horarios de los baños para poder ir sin vomitar, es un festival cómodo. Pese a las cuestas enormes, a las moscas al lado del río, y a que el recinto del festival tenga tantísimo polvo que el tercer día estaba ahogado.

Bueno, vale, no es cómodo por las razones expuestas. Pero algo hace que todo parezca menos, quizás un clima de euforia, o quizás que todo sea tan barato. O que en cualquier momento en un concierto puedas apartarte de donde estabas, ir a una barra donde nunca hay colas, y volver, sin dejar de ver el escenario. O que puedas estar en las primeras filas de Pulp sin morir. O que, ALBRICIAS, haya puestos de café solo, y un café magnífico, cada poquitos metros, dentro y fuera del recinto.

Actividades paralelas y feeling general como festival: muchísimas, y a todas horas, y que se disfrutan casi sin querer. Al contrario que el resto de festivales, el Paredes ACERCA las actividades a donde están los que disfrutan de los conciertos: hay lectura de poesía y conciertos de jazz todas las mañanas al lado del río, hay conciertos de grupos locales en la plaza del pueblo al lado de los sitios para comer, hay proyecciones. Pero quizá es lo del río lo que funciona como actividad paralela más clara. Erlend Oye tocaba con su amigo Erik como Kings of Convenience, y los dos se quedaron tan alucinados del clima del festival al lado del río que, directamente, iban todos los días, se juntaban con grupos de chavales, y tocaban la guitarra, felices de la vida. Es absolutamente bucólico. Sin duda, es el festival más bonito de los que he estado, y eso que en un principio no iba a ir. Muchísimas gracias desde aquí a @piterotoole por haberme convencido, porque aún no me he quitado la pulsera para recordar esos momentos de absoluto relax y risas, conociendo espontáneamente a gente que casi al momento se convirtieron en amigos, y amando la cerveza Superbock.




OUTLOOK FESTIVAL

Alrededor de noviembre del año pasado, en los foros de Primavera Sound, alguien habló de este festival, lo más en cuanto a recopilación de lo granado en la electrónica. En Croacia. Hubo uno que soltó la temible frase: "A que no hay huevos". Y de repente me vi soltando pasta, poco a poco, para un festival loco que iba a suceder dentro de muchos meses.

Outlook es un festival colonialista practicamente. Un invento inglés de montar todo lo que más ha pegado en pistas inglesas, unirlo a vuelos baratos y camping, y dejar sueltos a inglesitos e inglesitas para que lo disfruten. Es lo más burro, alocado y descerebrado que he podido disfrutar este año.

Música: inglesa electrónica. Exactamente lo que se lleva ahí, porque el Outlook Festival no es país para viejos. Dubstep en todas sus variantes, house, 2step, r'n'b, una sorprendente muestra de reggae (con algún directo), dub, drum n bass, hip hop, alguna tímida concesión al techno y al tech house. Es decir, NADA, absolutamente nada que ver con una Goa o carteles del Mondo, y notablemente alejado del Sónar: nada de mínimal, mucho de melódico. Lo que nos hizo gracia a los que íbamos ahí era que ponían una especie de greatest hits de lo sonado ese año, y que incluso cuando el single no había salido al mercado, la gente se lo conocía de memoria por los mixes del Fact, las boiler rooms o demás inventos de internet: esto pasó con los hits de Mosca, Joy Orbison y Scuba, hits que empezarán a sonar aquí, si suenan, aproximadamente en un año y medio.

En la mayor parte de las sesiones había un MC, el animador, normalmente negro, que no para de dar el coñazo con "Show me your hands if you want to show some appreciation!" y "Cmon Croatia! Make some noise". Pero es que estos MC son algo inherente a la cultura inglesa: los jovenes ingleses los obedecen, los admiran, los jalean, y hacen lo que el MC quiera. De hecho en cuanto no había MC, el público desaparecía.

Aparte de un recinto enorme, estaban unos barcos con djs. Ahí había un showcase de cada sello importante, de los cuales pude disfrutar el de Hessle Audio, todos insultantemente jóvenes, todos insultántemente brillantes, y con el MC coñazo de costumbre. Sol, barquito, dubstep y house, y cerveza. Sí, todo un planazo.

Ambientillo: inglés, puramente inglés, y muy joven, normalmente rodeando los 20 años. ¿En qué se notaba? En que eran guapos: recordad cómo a partir de los 23-24 años los ingleses se autodestruyen. Preguntando más, veías que muchos eran de oficios tipo carpintero o fontanero, que varios tenían sólo estas vacaciones durante el año, y que todos andaban drogados hasta las cejas. Inglesas también de belleza polar: o muy guapas, o rematadamente feas, normalmente pavísimas, con sus vestiditos del primark. Los más viejos del lugar éramos nosotros y algunos pinchas.

Lo que pasa en el Outlook es eso, que andarás por Croacia, por Pula, en mitad del Mediterráneo y con esas aguas alucinantes, pero sigue todo la regla de los ingleses.

Precio: el desembolso inicial es bárbaro. La entrada se acerca a los 180 euros, a lo que hay que añadir la estancia (hasta el camping cuesta pasta, pero no nos atrevimos a cogerlo), los aviones y el transporte. Es posible que entre una cosa y otra nos dejáramos unos 600 euros ANTES de ir al festival. Ahora, una vez ahí, Croacia no había entrado en el euro y las cosas andaban, más o menos, un 20-30% más baratas que en España. Teniendo en cuenta que en el festival, donde las cosas eran más caras, la cerveza de medio litro costaba 20 kunas (2,7 euros al cambio), pues te podía salir todo bastante bien. Ahora bien, uno acaba hasta las narices de cerveza, con lo que si te pasabas a copas ibas desembolsando 50 kunas, que ya se acerca a los 7 euros. La comida andaba por lo general por los 20 o 30 kunas, pero la ropa ya se disparaba de precio. Vale la pena, pues, hacer vida en los pueblos colindantes, donde la cosa baja de precio hasta lo inverosímil, pese a tratarse de restaurantes de turistas.

Comodidad: ay. He estado aguantando párrafos para no comentar nada, pero aquí está todo: incomodísimo, bestial, sólo apto para espíritus fuertes y a quien le de todo igual. Nosotros tirábamos de una casa alquilada (una casita con dos habitaciones, una de ellas servía de salón, cocina y dormitorio con tres camas a la vez) que llevaban unos encantadores encargados de un bar restaurante de materia prima muy decente. Ahora, llegar al recinto sólo era posible en coche, un coche que hay que dejar en un parking a... Esperad, mejor rebobino.

El único acceso barato a Croacia es a través de Venecia. De ahí puedes ir en un autobús sin aire acondicionado (de lo que nos enteramos después) o puedes alquilar un coche, cosa que hicimos, y cosa de la que me responsabilicé, conduciendo 3-4 horas hasta Croacia, pasando por carreteras decoradas de vez en cuando por puro brutalismo de hormigón en medio de los montes, por gris y verde, hasta que llegas al recinto del Outlook. Allí hay aglomeraciones y más aglomeraciones de gente, demostrando que en el Outlook Festival la organización es muy regulera. Tras una hora y media de recoger la entrada, y tras hacernos con la pulsera, vamos al pueblo más cercano a mendigar una mesa donde nos sirvan algo (y en esa zona la comida es de dos tipos: italiana, y carísima).

Y luego la rutina de cada día era dormir en un colchón infernal, ir al parking del outlook, caminar durante aproximadamente 1 kilómetro por un camino que comienza asfaltado y acaba siendo bosque, y una vez llegas ahí, disfrutar de todo ese terreno de piedras y polvo. Piedras. Polvo. Por todos lados piedras y polvo - incluso regalaban mascarillas - , y subir cuestas, bajar cuestas, en terrenos embarrados. Acabas hecho una auténtica mierda, acabas quedándote en el mismo escenario, te duelen los músculos el doble. Los baños son absolutamente infectos, letrinas, y no poliklyns. Sorteas ríos de meada. Los ingleses borrachos son especialmente torpes, y aunque se tropiecen y caigan en orines, se ríen y les da igual. La cerveza está templada, los refrescos siempre vienen sin hielo. Por supuesto, sentarse significa hacerlo en piedras o barro. La comida es hamburguesa mala, pollo malo, y como siempre los puestos veganos que son los que salvan el tipo (ya suficiente carne se toma uno durante la comida). Algunos de los escenarios son cerrados (atrapados entre paredes, con el olor infecto concentrado, y con accesos complicadísimos), y los djs pocas veces cogen el truco a la ecualización para que el megabass no signifique estar tras la turbina de un avión.

No, no es un festival cómodo.

Actividades paralelas y feeling general como festival: la actividad paralela más notable (y la única que recuerdo) son los Boat Trips, esas sesiones en barcos que una vez salen en venta duran aproximadamente 2 minutos antes de agotarse. Es algo recomendadísimo, porque junta la sensación de paseo en barco por, caray, las islas croatas del mediterráneo con un buen puñado de djs amenizándote todo.

Pero no hay que perder de vista el que el Outlook, con sus sesiones - muchas veces maravillosas, y ahí quedan las de Consequence, Instra:Mental, Scuba, Space Dimension Controller, Martyn o George Fitzgerald -, sus MCs y sus directos de reggae (y alguna cosa rara más que se pierde en el cartel), no es más que una rave de cuatro días. Una rave con escaleras que suben, escaleras que bajan, olor a mierda contínua, polvo que te ahoga, y eso, lo mejor de la electrónica escuchada en los UK, mientras bailas con el estudante pijo y el proletario precoz. Pero una rave. Por eso no volveremos. Y aprovecho para mandar un abrazote a toda la gente con la que fui, porque para haber sido tal tute, convivimos bastante mejor de lo esperado.


Y hasta aquí lo experimentado este año. Por ahora me quedan semanas con conciertos todos los días (como esta) y un Primavera Club, pero creo que a partir del año que viene, o voy acreditado o mejor me quedo en casa.

Bah, no.

lunes, 24 de octubre de 2011

Retrospectiva festivalera (primera parte


Este año me volví definitivamente loco, por si alguien no lo notó. Antes incluso de cambiarme de empresa y ganar un poco más de dinero, empecé a comprar todos los abonos disponibles para todos los festivales existentes, y me he metido más música este año que en toda mi vida - y lo que queda. Ahora acabo de darme de baja del Monkey Week, porque coincide con todas las actividades de la Red Bull Music Academy (que tiene un espíritu festivalero bastante notable por otro lado), y bueno, este año no ha habido Experimentaclub al convertirse Caja Madrid en un banco y reducir bastante su obra social, pero aún queda un Primavera Club. Y tengo una buena selección de festivales para comentar. Así que comienzo

ELECTRONICA EN ABRIL

Una de las dos grandes citas que tiene, o perdón, tenía La Casa Encendida con la música electrónica, aparte de las enormes sesiones en la terracita durante los veranos. Electrónica en Abril es basicamente un concierto en un auditorio más dos conciertos en el patio interior, normalmente no tan raros como los que suenen pasar por el ExperimentaClub, normalmente a un precio entre 4 y 6 euros, y normalmente bastante cómodos. Lo mejor de esta cita es que se descubren grupos y productores de moda por un precio irrisorio, y que la localización no puede ser mejor. Ah, y un concierto para niños.

Musica:Los grupos de auditorio suelen pertenecer a la electroacústica. Es decir, puta mierda intelectual. Frecuencias, experimentos con guitarras, loops, coñazo supremo. Los grupos de patio suelen ser más cercanos al pop: este año estaba la protegida de Geoff Barrow, Anika, así como los muy DFA Electro Guzzi, y sobre todo un día espectacular con Hudson Mohawke presentando temas y Dan Deacon acercándose al público.

Precio: sin duda el más barato del año, y eso no quiere decir que las condiciones sean peores. La cerveza dentro no es precisamente barata, pero todo Dios cuela cervezas que compran a los chinos en la puerta. No hay copas, y para comer algo hay que salir a algún bar cercano (no es problema: los bares en Ronda de Atocha tienen un nivel de cañas y tapeos bastante majo).

Ambientillo: el viernes y el sábado, gente que ve y se deja ver, algún interesado del género, y sobre todo gente que lee sobre el grupo en una revista y tiene curiosidad. Si tienes mala suerte te toca el típico que se aburre con todo y que se ha sentido forzado a ir con la novia o con su grupo de amigos, y que no para de dar por culo: con dos o tres de estos ya se genera el puto murmullo que suele destrozar los conciertos del patio. Pero sólo por esos últimos, los que descubren electrónica debido al bajo precio, vale la pena subvencionar este festival. Es una increíble máquina de popularización.

El concierto para niños del domingo a las 12 está lleno de niños y los increíbles, a veces insoportables, padres indies. Vale la pena ir para ver el nivel de mamarrachez a la que puede llegar la paternidad.

Comodidad: extrema. En el centro de la ciudad, cerca de varios metros, al lado del barrio de lavapiés, con un auditorio con butacas cómodas y un patio central que aunque se agoten las entradas nunca está lleno.

Actividades paralelas y feeling general como festival: este es el menos "festival" de todos, aunque sean tres días con tres o cuatro conciertos. Aún así tiene ese ambientillo de ver a la misma gente, y que se den conciertos para niños llega a cerrar el círculo necesario para que se considere un festival. No es una cosa extrema de sentirte que estás de vacaciones, pero sí es un showcase la mar de majo.



LEV FESTIVAL

En la Laboral de Gijón, lo más cercano a Oxford que podemos tener en la península, un entorno universitario alucinante, se ha formado un festival electrónico que a lo tonto ha conseguido renombre gracias a un cartel sólido y consistente, y a una ciudad que se vuelca totalmente en el festival convirtiéndose en un sitio acogedor y cálido pese a los nubarrones y las lluvias. Ya lleva unas cuantas ediciones, y visto el éxito de este año no dudo en que se convertirá en uno de los más importantes a nivel mundial en pocos años. En general es un festival de electrónica de baile, con alguna concesión artie, distribuida en diversos puntos de la ciudad y con unas sesiones nocturnas en una nave que parece una cancha de baloncesto sin usarse.

Música: es un Sonar en pequeño, pero a mi parecer, con bastante más olfato que el Sónar para olerse grandes directos, pelotazos futuros y riesgos que siempre dan buen resultado. Los escenarios son basicamente tres: un auditorio en el Laboral que es maravilloso, simplemente, un escenario al aire libre durante la mañana en el jardín botánico en una especie de isleta idílica, y la nave. Vale, la nave es una mierda como local de directos o sesiones. Retumba lo que no tiene que retumbar, amplifica los murmullos del público, destrozó el primer directo de SBTRKT en ¿el país? ¿Europa? , y hasta que no suben el volumen a tope y uno no está en los primeros sitios, es imposible de disfrutar. Y eso es una pena, porque afecta al espectacular line-up que tiene.

Precio: ajustado, y la estancia es bastante barata. Las copas dentro tampoco son una locura (creo recordar que andaban por los 6 euros), y el año pasado escogimos estancia en un bungalow cerca del recinto, que dio para varias bromas, una fiesta after, y compra excesiva de comida. Lo más costoso es el desplazamiento a Gijón, por mi parte. Pero allí la comida es barata y abundantísima, y todo está rico, regado con sidra y no sigo porque voy a empezar a llorar de la morriña.

Ambientillo: mezcla de auténticos aficionados (viene gente del extranjero también) con gente a la que le gusta la fiesta. Universitario y post universitario, por lo general. Alguna choni, algún quillo, pero no molestan. Abundantes drogas, pero sin violencia. Mogollón de opciones de after que me hacen recordar el festival como una experiencia bastante surrealista. En definitiva, por ahora, público local y que disfruta de lo que escuchan y bailan.

Comodidad: no está muy cerca el recinto de Gijón ni tampoco de las zonas para hospedarse más cercanas, y no hay mucho sitio para descansar. Tampoco hay público excesivo, eso sí. Durante la noche eché bastante de menos sitios de comer: llega a agobiar el exceso de electrónica unido con el cansancio. Aún así el auditorio es comodísimo, el botánico se puede ver sentado sin problemas, hay numerosos taxis y el suelo de la nave es sólido. Una tontería esta que fui valorando a medida que iba a más festivales.

Actividades paralelas y feeling general como festival: numerosas y variadas. Hay clases, conferencias, afters en casas rurales, y toda la ciudad conoce el festival y arropa a sus asistentes. Dura dos días, pero con tanta densidad de propuestas (que no se solapan) llega a parecer un festival de solapes máximos. Resumiendo: cartel muy bueno, ciudad estupenda, un poco locura todo.



SOS 4.8

El festival murciano tuvo una edición de 2010 tan sumamente buena que salió reseñado en Resident Advisor y ya fue coronado como gran macrofestival de la península. En su segunda edición. Récord total, superado en gente por su tercera edición donde ya se convirtió en el festival más universitario, más loco, más divertido y en el que menos importa la música de toda la península.

Música: consiste en dos cosas: grandes éxitos de los festivales del año anterior, y propuestas que nadie se ha atrevido a traer. Este año se atrevieron con Suede además, con uno de los dos conciertos que dieron en festivales. El problema del SOS es que el escenario principal, directamente, no suena bien. Suena a culo. Bajito, sin sutilezas, sin estéreos, sin nada. Ni siquiera la electrónica logra sonar bien. Ahora, tiene un auditorio super apañado donde tocan cosas como Tindersticks o These New Puritans, y un segundo escenario más pequeño que sí logra sonar muy bien, y donde están las propuestas de riesgo, seguramente lo mejor del festival (Chris Cunningham el año pasado, Everything Everything este año). También hay lugares comunes del indie pop del lugar, esforzándose por escoger a los que dan buenos directos. Hay, además, una zona de DJs con muchísimas apuestas por talentos nacionales. Vale, hay cosas tópicas y típicas, como djs del ocho y medio y tal, pero también gente de la red bull music academy y algún artista de renombre (este año, Dan Snaith/Caribou soltó una sesionaca de dos horas, por ejemplo). El problema está en las apuestas tópicas y repetidas y que no funcionan demasiado bien, como pasó con The Magic Numbers el año pasado o como pasó con White Lies este año. También la electrónica cayó en picado en 2011, llegándose a solapar los Zombie Kids con Steve Aoki, o la muerte con el vómito. Pero eso, cartel apañado en general. Aunque es un festival en lo que importa es la fiesta, más que la música.

Precio: si uno es avispado, el abono sale por menos de 40 euros. Lo que es muy caro, enormemente caro, es la estancia, en la que todos los hoteles se unen para timar al personal inflando los precios hasta el límite del delito. La comida y bebida dentro tiene el precio estándar de tickets de 2,5 (un ticket un agua o cerveza, tres tickets un copazo) y bocatas a 5-6 euros. Vamos, que comer dentro es una locura, teniendo un mcdonalds al lado del recinto y un eroski un poco más lejos que acaba siendo un escenario más del festival. Murcia en sí no es caro, pero hay que andarse con ojo para no salirse del presupuesto visto que los hoteles van a hacer todo lo posible para que lo hagas.

Ambientillo: todo el moderneo de Madrid está ahí. Todo el moderneo, todo lo marica y casi todo lo bóller, y luego hay excursiones de gente de Barcelona, Valencia y demás. Y, efectivamente, hay murcianos. Muchos murcianos son auténticos quillos, y otros salen por el festival como quien se va de copas (cada año hay una o dos despedidas de soltero/a dentro del SOS). Es decir, la gente, bien, entregada, pero es que en el SOS es todo Murcia y a todas horas lo que se vuelca en el festival: el pueblo se llena de gente durante el día, las tapas son inaccesibles casi, el parking del eroski se convierte en un Animal Collective de mezcla de radios de diversos coches... es quizás el primer festival veraniego de la temporada, y se nota esas ganas de vacaciones por parte de cada uno de los asistentes. Y bueno, no es un público que se conozca de memoria las canciones de los grupos (excepto las pandillas de tías aficionadas a los grupos de indie pop con carisma), pero sí que es un público razonablemente cómodo. Aunque eso sí, si el concierto se presta a pogos, olvídate de tu vida, porque son brutos estos murcianos.

Comodidad: es un coñazo llegar hasta Murcia, y los hoteles suelen estar lejos del recinto. El ir allí y el volver es la mayor pega del SOS, pero también lo es que la enorme cantidad de gente que tiene, gente que a partir de cierta hora está bastante perjudicada, cause cierta isalubridad. Ríos de meada, ausencia de sitios para sentarse en cualquier parte de los escenarios principales, palmeras cuyas hojas son peligrosas púas, escalones traidores, accesos discutibles... el SOS es toda una carrera de obstáculos. Ahora: es suelo asfaltado en la gran mayoría del recinto, y la parte de djs tiene una cómoda fuente. Y las barras no tienen colas. Y el acceso al recinto, lo de las pulseras y demás, está organizado de forma envidiable. Es decir, no es que sea el desastre, pero sí que hay que andarse con paciencia.

Actividades paralelas y feeling general como festival: numerosísimas actividades que dan lugar a anécdotas tan buenas como todo Franz Ferdinand disfrutando de una ponencia de Fernando Arrabal (dentro de las múltiples charlas de las mañanas), y actividades que nunca he podido disfrutar. Se junta con actividades dentro del pueblo, con conciertos por las mañanas, y actividades gastronómicas y culinarias. Sí, se nota el festival al entrar en el pueblo, se nota durante todo el día, y notan tu ausencia cuando te vas. Un festival que deja buen sabor de boca, pero que empieza a fagocitarse ante su propio tamaño, que hace que lo de su sobrenombre "Sostenible" parezca un auténtico chiste.


PRIMAVERA SOUND

Ahora mismo, el festival más importante de toda la península, y punto. Lo que empezó como un festival pequeño, para aficionados a la música independiente, creció, creció, y de repente lo que era una minoría "gafapasta" se convirtió en la envidia de todos los festivales europeos, creciendo hasta lo difícilmente soportable en la última edición. Sin duda un evento enorme aporta empaque cultural a Barcelona como ciudad que sabe de músicas con otro tipo de distribución, y un punto de encuentro internacional de una importancia bastante notable.

Música: la estrella del festival, pero de lejos. El Primavera Sound descubre grupos, recupera grupos, sabe de pop, sabe de rock, sabe de electrónica, sabe de indie, es capaz de reunir a aquellos que tuvieron un éxito hace 15 años, es capaz de reconciliar grupos que se llevaban fatal entre sí, es capaz de hacer que los músicos bajen su caché para tocar ahí, y normalmente saca los mejores conciertos de cada grupo. La presencia de Steve Albini cada año (al menos hasta ahora, desde hace unos cuantos años) asegura un sonido impresionante en el escenario ATP, el más arriesgado en cuanto a sonido. La distribución de la música por franjas horarias está muy estudiada, y normalmente la fiesta acaba en el momento justo (cosa que no ocurrió este año, cuando el Ayuntamiento se puso pesado con la hora de cierre, y nos dejó a todos interruptus a las 5 y media). Grupos, más grupos y muchos más grupos que se unen, se juntan, y se solapan, una y otra vez. Grupos por la mañana, grupos por la tarde, grupos en las plazas, grupos en el Forum. Júntese eso a que este año lo ampliaron a otros recintos, empezando los conciertos un lunes en el Apolo, pasando un miércoles al Poble Espanyol (que se llenó) y terminando un domingo en un Apolo con Mercury Rev. Una auténtica locura de una semana.

Precio: caro, pero caro de cojones. El festival en sí, si eres avispado, te sale a poco más de 100 euros (o mucho menos con las primeras remesas del primaverasound+primaveraclub), pero la estancia en Barcelona es cara, la comida en Barcelona es cara, y todo lo que hay dentro del Forum es carísimo: consumición mínima a 3 euros. Además como el festival es tan largo (los grupos empiezan a tocar a las 4-5 de la tarde) las consumiciones se alargan, se acumulan, y creedme, es muy difícil colar bebida. Además entras ahí, ves los puestos de música, acabas picando... una sangría. Y si te quedas más sitios, más caro.

Ambientillo: esquizofrénico durante el festival, estupendo durante los conciertos paralelos. En el festival se juntan los guiris que cogen vacaciones en Barcelona y empalman con uno o dos festivales (muchos se quedan desde el primavera sound hasta el Sonar, todo un planazo), los aficionados a la música que se han aprendido el cartel, los amigos de estos aficionados que quieren ver en qué consiste el festival, los que salen de fiesta y deciden ir al Primavera Sound, padres, hijos... Además, los guiris son de todo tipo de variedad: además del clásico inglés y del lógico francés, hay norteamericanos, alemanes, japos con pasta, alemanes... en definitiva, absolutamente de todo. Lo malo es que cada vez más vienen los dos grupos más nocivos para cualquier actividad: el guiri que viene a emborracharse a lo bestia y la monta en grupo, y el imbécil local, el que berrea en los directos, el que empuja para irse a primera fila y empuja para irse, el porculero, el que se te pone al lado en tercera fila para hablar con su colega en un concierto de post rock. Ese. El que va al festival porque tiene derecho a ir al festival. El mal.

Ahora, durante los conciertos de día, en el Parc, la cosa cambia. Son una maravilla, a la hora de comer mientras muchos duermen la resaca, con muchas veces los mejores conciertos del festival. Niños que corretean, pocos aficionados que muchas veces son músicos, ambientillo de felicidad y hippismo. Y además, gratis para los que no tienen el abono.

Comodidad: solía ser el festival más cómodo de todos, pero su crecimiento lo ha convertido en el más incómodo. La cantidad de escenarios (7 principales, contando el auditorio, más el "unplugged" de Rayban y el de Myspace) y el espacio que podía llegar a haber entre ellos (los paseos entre uno y otro podían acercarse al kilómetro), la cantidad de propuestas, las mareas de gente, la carrera de obstáculos que es el hermosísimo recinto del forum, las piedras y polvo del escenario Levant, la cerveza sin gas que no emborrachaba, las baldosas rotas, la falta de luz, los retrasos y adelantamientos de horarios que no se anunciaban por las vías adecuadas simplemente porque a los señores del cotarro les caía mal el Twitter, el cierre a una hora donde no hay transporte público... las colas, las colas, más colas aún. Menos mal que iba con el abono VIP porque este año ha sido bastante insoportable, con absoluta incapacidad de ver conciertos en un sitio donde no te estuvieran molestando los capullos de costumbre (sigo intrigado pensando por qué va cierta gente a los conciertos), pisotones, gente que no sabe drogarse, camellos, más camellos... Vamos, que es una auténtica paliza de festival. Mi amiga Silvia decidió, el último día, hacer sólo conciertos de Auditorio, y dijo que fue su mejor decisión. Yo me lo estoy pensando para el siguiente.

Actividades paralelas y feeling general como festival: una barbaridad de actividades durante una semana y pico, en el metro, en la plaza de la catedral, en la universidad, en un parque, en un poble, en otro poble, y con actividades de encuentros entre promotoras, distribuidoras... millares de personas yendo de un lugar a otro de Barcelona con la pulsera puesta. Pese a algún paso en falso, el Ayuntamiento se dio cuenta de que el Primavera le favorece mucho, y desde entonces Barcelona es Primavera Sound y viceversa. Añádase a esto que el PS suele ser el festival que más engloba los gustos de todos, con lo que suele ser un punto de encuentro de amigos: se da mucho el ir a un concierto, encontrarte con alguien, ver el concierto con él o ella, y salir a otro concierto, encontrarte con otra persona. Es como una locura compartida. Una gozada de festival.

SONAR

El Primavera Sound puede que sea el festival más importante de Barcelona, pero el Sónar es, de lejos, el festival de electrónica más importante del mundo. Dos semanas después del festival indie, Barcelona se quita las gafas de pasta y se pone las gafas de sol, y durante tres (cuatro) días de calor infame, insoportable, monta un festival soleado en el centro centro y un festival poligonero en una zona más apartada. Si te gusta la electrónica, es el festival definitivo. Si no tienes prejuicios y vas relajado, también.

Música: dos franjas: el día y la noche. El Sónar de Día, en el CCCB, es el más variado de todos: puede sonar desde punk artie hasta house, pasando por dubstep, jazz, electroacústica, rap, soul, turtablism, petardeo, poprock, ambient, máquinas de coser que hacen ruido a coro, frecuencias que hacen cuadros, cualquier cosa. El Sónar de Noche tiene sesiones de techno, house, dubstep, 2step, techhouse... y algunos conciertos de pop rock o poprock electrónico a primera hora, con cosas aparentemente incongruentes como Roxy Music o Grace Jones.

Así que el Sónar cumple muchas facetas a la vez. Por un lado descubre a nuevos talentos que se han dado a conocer por actividades tipo Red Bull Music Academy. Por otro reune parte de lo que tuvo éxito el año anterior y no sea demasiado incongruente con el público barcelonés. También rescata mucho talento local y lo distribuye por diferentes franjas, con sus grupos mejores y sus grupos peores. También mete cosas arties de composición semiclásica, con mucho deje jazzero, conciertos con visuales, experimentación de sonidos de todo tipo (colgaos que van con planchas de hierro y serruchos y esas cosas), y también mete nombres conocidos. Es el festival más ambicioso que conozco, y lo sorprendente es que le suele salir muy bien la jugada de unir lo clásico con lo moderno, lo viejuno con lo insultantemente joven, y el público responde muy agradecido a toda esta variedad.

Precio: muy caro, tanto el festival como la estancia en Barcelona, las consumiciones dentro del recinto o la comida en cualquier sitio cercano (pese a que vayas a kebabs o a restaurantes de menú, acabas gastándote un dinero). Y es que el Sónar dura desde las 12 de la mañana hasta, puede, las 8 de la mañana del día siguiente, y eso es, simplemente, mucho dinero. Hay posibilidad, en el de día, de salir un rato a la calle para beber cosas del primer paquistaní que te ofrezca, pero no deja de ser incómodo. En definitiva: hay que ahorrar para ir al Sónar.

Ambientillo: público extranjero en mayoría abrumadora durante el Sónar de día, y con más locales por la noche de los barrios más granados de la periferia de Barcelona (sí, sarcasmo). Durante el día también hay algún pasao, pero lo más incómodo es que el Sónar es tan tan importante que se llenan de fotógrafos. Bien, creedme: los fotógrafos del Sónar son la cosa más insoportable que existe, son el puto mal, son el infierno, son auténticos reclamos de atención, maleducados, pesados, lo puto peor. Te empujan durante los conciertos, te ponen el objetivo en tu cara, en la puta vida dicen perdón o gracias, y huelen, por lo general, mal. Sin duda esta tribu es lo que más perjudica a un público que, por lo general, va precisamente por la música. Gafapasteo casi nulo: es más bien como si la Barceloneta estuviera en el CCCB, con sus bermudas, chanclas y demás. Es puro ambientillo de vacaciones.

Comodidad: media, por unión de extremos. El Sónar de día está en el medio de Barcelona, a dos pasos de Plaça Catalunya y Plaça Universitat, y eso lo convierte en una auténtica comodidad, así como tener los escenarios en un recinto cerrado, acotado y demás. Recinto cerrado con sus sombras, su multitud de baños, sus sitios para comer y tomar cócteles... y sus riadas de gente y su calor insoportable dentro de las carpas. Hay cuatro escenarios en el de día: el principal es enorme y con árboles, pero sólo se oye bien a partir de cierto lado (por la ubicación de los altavoces). El segundo es una carpa donde hace un calor espantoso, con césped artificial, y un aire acondicionado que sólo refresca atrás (donde no se escucha la música de delante). El tercero es un subsuelo donde se acumula todo el calor, a oscuras, con un tipo de ticket distinto, con salida complicada. El cuarto es una sala que es una maldita sauna y huele a rayos.

De noche son un par de naves y un par de pasillos. La nave principal es IMPRESIONANTE, gigantesca, que da todo el sentido positivo a lo poligonero cuando este año sonaba "Born Slippy" de Underworld justo donde debería sonar y en su contexto. El primer pasillo es estupendo, el que mejor suena, con varias barras y bancos para sentarse. La siguiente nave, al lado de los coches de choque, es un chiste de mal gusto en cuanto a sonido, apariencia y demás. El segundo pasillo es algo más grande que el primero, pero quizás con más tendencia a apelotonarse todo y con más alcantarillas que huelen a mierda. De hecho es el olor a cañería lo que más invade el Sónar nocturno, y es difícil descansar cuando viene el cansancio. Por otro lado el acceso al polígono es complicado, y la vuelta, una auténtica odisea. Vamos, sólo para espíritus fuertes.

Añadir que hay una pulsera para cada Sónar de día, y que de noche es obligatorio llevar la entrada.

Actividades paralelas y feeling general como festival: me parece increíble como Barcelona, dos semanas después de ser lo más indie del planeta, se vuelca para ser lo más avanzado. Las actividades paralelas se desarrollan en diversos clubs, y con un concierto especial en el Auditori cada año. A veces hay algo más artístico, como exposiciones, obras de luces al aire libre, y movidas del estilo. Sí, se nota mucho el clima del Sónar, y la gente agradece el festival. Como festival es el primero realmente "vacaciones" que existe, sobre todo por ese sonar de día donde ves a los grupos con un café en la mano, y puede llegar a ser el más total de todos si te lo montas bien. Y montárselo bien quizás significa ir por libre, porque la música del Sónar toca tantos palos que es muy difícil coincidir con nadie en cuanto a qué palo es más interesante.

Hasta aquí la primera parte.